
En pleno centro de la ciudad de Kyoto, descansa un lugar sagrado, ruta obligada de cualquier peregrinación budista en el oeste de Japón. Es la cuna del arte Ikebana y lo llaman templo Rokkakudo (quienes saben japonés explican que se llama asi por su forma hexagonal). Cuenta la leyenda que el príncipe heredero Shotoku, célebre en la historia japonesa por sus cualidades de hombre de Estado, ordenó su construcción en el año 587 de la era cristiana, con el fin de que sirviera de santuario a Bodhsatva Nyorin Kannon, su dios tutelar que se dice tenía la particularidad de habitar en el interior de un árbol gigantesco.
En ese templo, hoy existe una estatua del príncipe Shotoku que lo muestra en plena infancia, haciéndole una reverencia a Buda. Al lado está el salón de práctica que desde hace cientos de años se utiliza para impartir lecciones de Ikebana. El nombre de Ikenobo (“un arreglo floral de excelente calidad”), empezó a usarse en el siglo XV. Entre los 17 artículos de conducta moral dictados por el príncipe Shotoku se destaca la expresión “Wa” (paz y armonía), que se constituyó en el ideal supremo de la Ikebana de la escuela tradicional Ikenobo, de la cual derivaron más de 500 escuelas existentes actualmente.